Agustín Villablanca
trabajador social
El pasado domingo 28 de julio, Venezuela realizó sus elecciones presidenciales que han dejado una estela de preocupación y controversia a nivel global. Es alarmante observar cómo este proceso electoral ha expuesto las profundas fisuras en la estructura democrática en Venezuela y cómo su impacto trasciende las fronteras en toda América Latina.
En esta fecha cargada de simbolismo, coincidiendo con el natalicio de Hugo Chávez, la jornada electoral fue testigo de innumerables irregularidades. Nicolás Maduro, aunque a través de las encuestas no se vio reflejado el apoyo del pueblo, logró mantenerse en el poder mediante el uso de reglas y controles estrictos. Las detenciones de líderes de la oposición y las limitaciones a los observadores internacionales muestran que el gobierno no fue abierto y honesto, y que en Venezuela no se respeta la democracia.
La decisión del gobierno de negar la supervisión internacional independiente no hizo más que agravar la desolación de la situación, impidiendo la entrada de expresidentes y otras figuras políticas, lo que no garantizó la equidad del proceso. Esta acción demuestra como el gobierno es estricto y no quiere que nadie cuestione sus decisiones. Además, la diáspora venezolana enfrentó numerosos desafíos que les impidieron ejercer su derecho al voto, dejando a millones sin voz en las elecciones.
Es por ello que, a nivel mundial, la respuesta fue categórica. Chile, en particular, dio a conocer su descontento con el régimen de Maduro. Por esto, es importante destacar que la democracia no puede ser un mero concepto vacío que se utiliza para legitimar acciones autoritarias. Los procesos electorales deben ser transparentes y justos, respetando la voluntad del pueblo.
Lo que estuvo en juego aquí no fue solo una elección; es todo el concepto de democracia. En un universo donde la democracia está siempre bajo amenaza, Venezuela es un enigma para lo oscuro que pueden ser las instituciones y la democracia, cuando se pasan por alto los principios rectores de la democracia, la transparencia, la justicia y la participación. No se trata de algo sobre lo que los dictadores puedan hablar en metáforas floridas, sino de un esfuerzo genuino por la libertad y la igualdad.
Desde esta perspectiva, estas elecciones han dañado significativamente a los movimientos progresistas, creando una contradicción interna acerca de los valores que proponen defender. Así, respaldar a un régimen que desestabiliza los valores democráticos es un gran golpe para la credibilidad y la moral de la igualdad y la justicia social.
La crisis en Venezuela subraya la importancia de realizar elecciones limpias y justas. Así mismo la democracia también se basa en la capacidad para las instituciones de funcionar sin coacción y de acuerdo con el principio de legalidad y los derechos humanos. Todo líder político y cada ciudadano en todas partes del mundo debería estar librando activamente estos valores, independientemente de su partidismo. De lo contrario, la democracia se volverá una farsa. Es solo una razón por la cual el caso de Venezuela no se trata solamente de una advertencia con respecto a un país extranjero, sino que también es una cuestión concerniente a la integridad y la salud de la propia democracia.
En Chile, por ejemplo, estamos orgullosos de nuestros avances democráticos, pero no debemos olvidar que la democracia es un sistema frágil que necesita ser cuidado y fortalecido constantemente. Por esta razón, el ejemplo de Venezuela a todos nosotros debería servirnos de precedente. La democracia no es simplemente un cheque marcando la papeleta; es un diario del ciudadano, la transparencia y el respeto por los derechos humanos. De hecho, la situación de Venezuela con las elecciones demuestra cómo un gobierno puede cambiar las reglas de la democracia para perpetuar su permanencia en el poder, y eso es una amenaza en cualquier nación. En este sentido, eso significa que debemos estar alerta y activos para defender los derechos democráticos.
Se deben realizar todas las elecciones, tanto locales como nacionales. Dicha situación debe ser como sea transparente. La misma regla se aplica a la elección justa. Significa que los ciudadanos deben tener acceso a información precisa y abierta. Los procesos de votación también deben ser supervisados. Otra idea incluye la necesidad de proteger la democracia a nivel internacional. La solidaridad mundial es una herramienta necesaria para lidiar con los regímenes autoritarios. También es de gran ayuda para recuperar la democracia en los países donde está siendo amenazada.
Dado todo lo anterior, las elecciones en Venezuela deben ser una advertencia para todos nosotros. Aprender de este ejemplo trágico implica fortalecer nuestras democracias en lugar de debilitarlas; solo entonces podremos garantizar un futuro en el que la justicia se cumpla realmente y la voluntad del pueblo triunfe.
