Por Juan Pablo Catalán
Académico e Investigador
Facultad de Educación y Ciencias Sociales, UNAB

En Chile repetimos hasta el cansancio que la educación es la llave del desarrollo. Pero cuando se trata de la educación técnico-profesional (ETP), esa llave no abre una puerta: abre un muro.

Más del 40% de los estudiantes de enseñanza media opta por esta modalidad (MINEDUC, 2023), pero el Estado la financia como si fuera un apéndice, las empresas la ven como un trámite, y la política pública la mantiene en el último vagón del tren educativo. ¿Cómo hablamos de innovación si seguimos enseñando con tecnología del siglo pasado?

Mientras países como Alemania y Corea del Sur consolidan modelos duales, articulando escuelas y empresas para formar talento con pertinencia y empleabilidad, Chile se pierde en diagnósticos eternos y programas piloto que nunca escalan. La OCDE (2023) lo dijo sin anestesia: “Los sistemas que vinculan la formación técnica con la industria son los que logran mayor productividad e innovación”. Y nosotros seguimos con talleres oxidados, mallas que tardan años en actualizarse y un 33% de docentes que ni siquiera tienen título pedagógico (Agencia de Calidad, 2024).

El futuro no es un concepto: es una urgencia

La economía global ya está exigiendo técnicos en automatización, inteligencia artificial, ciberseguridad, electromovilidad y energías limpias. No es tendencia, es realidad: miles de empleos están mutando, y otros están desapareciendo. La UNESCO (2022) fue clara: “La reconversión y la actualización tecnológica no son opcionales, son una urgencia educativa”.

Pero, ¿cómo responde Chile? Con la misma receta de siempre: más subvención por asistencia. ¿De verdad creemos que eso alcanza para instalar laboratorios de robótica o capacitar docentes en tecnología de punta?

Una desconexión estructural

La ausencia de una política nacional robusta de educación dual es más que una omisión: es el síntoma de una fractura estructural entre el sistema educativo y el desarrollo productivo del país. Las empresas reclaman falta de capital humano, pero se mantienen al margen. El Estado diseña planes, pero sin presupuesto ni obligatoriedad. Y mientras tanto, seguimos formando jóvenes para trabajos que ya no existen.

No es solo educación: es competitividad nacional

Es hora de decirlo con todas sus letras: la educación técnico-profesional no es un problema escolar, es un problema de competitividad país. Y las soluciones existen, pero requieren coraje político:

  1. Hacer de la educación dual una política nacional obligatoria, articulada con sectores productivos estratégicos.
  2. Invertir más allá de la subvención, con fondos especiales para infraestructura tecnológica y formación docente en competencias digitales.
  3. Construir un verdadero ecosistema Estado–empresa–escuela, donde las compañías inviertan en talento, entendiendo que es su propio futuro el que está en juego.

¿Cuánto más vamos a esperar?

Cada año que Chile posterga esta transformación, la brecha se agranda con los países que ya entendieron que la educación técnica no es marginal: es la columna vertebral del desarrollo económico. El futuro no está por venir. El futuro ya está aquí, y no va a esperarnos.

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