Por Frano Giakoni Ramírez, director de Entrenador Deportivo de la U. Andrés Bello.
Este domingo, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, Argentina y España disputarán la final del Mundial 2026. Argentina llega como campeón defensor, tras haber levantado la copa en Qatar 2022, y buscará ser bicampeón por primera vez desde Brasil en 1962. España, por su parte, vuelve a una final dieciséis años después de Sudáfrica 2010, cuando ganó su único título. Y en Chile, un país que no clasificó al Mundial y que lleva más de una década sin sentarse en la mesa grande del fútbol, millones de personas verán ese partido con una sola pregunta en la cabeza: cómo hacer para que Argentina pierda.
El fenómeno no es nuevo, pero el domingo tendrá una versión concentrada, casi de laboratorio. Los memes ya están rodando, las camisetas de España se venden en ferias libres y varias encuestas de calle han preguntado por quién van los chilenos, con respuestas que se repiten como fórmula. Que si Argentina gana el gol es en offside. Que si Argentina gana es porque la FIFA la ayudó. Que si Argentina pierde, se ríe medio Chile. El fútbol esta vez proyecta con nitidez un rasgo que suele pasar sutilmente. Chile no está en la final, pero igual quiere ganar.
Ese estado emocional tiene nombre técnico y bibliografía seria. La psicología social lo llama schadenfreude, la alegría por el mal ajeno, y hace más de una década que la neurociencia lo estudia con imágenes cerebrales. Un trabajo clásico de Mina Cikara, Matthew Botvinick y Susan Fiske, de Princeton, mostró usando resonancia magnética funcional que ver perder a un rival deportivo activa las mismas zonas del cerebro asociadas al placer, y que quienes reportaron más placer también reportaron más disposición a agredir a hinchas contrarios. En otras palabras, disfrutar la derrota del otro no es un gesto inocente. Es una emoción medible, con correlato neurológico y con consecuencias conductuales. Un estudio posterior publicado el 2019 en Journal of Business Research con datos de más de cinco mil hinchas de seis ligas profesionales, encontró que los dos factores que más predicen esa alegría por la derrota rival son la percepción de trato injusto y la diferencia cultural. Dos ingredientes que en el caso chileno están servidos.
A esa base científica se suma la teoría de identidad social que formuló Henri Tajfel hace medio siglo, hoy piedra angular de la psicología deportiva contemporánea. La identidad grupal se construye tanto por adhesión al propio equipo como por oposición al ajeno. Cuando la selección propia falla, cuando la infraestructura futbolística se cae a pedazos, cuando el proceso deportivo no da resultados, la identidad busca refugio en el rival. Chile no llegó al Mundial, pero puede seguir participando emocionalmente si define su lugar en el mapa por contraste. El vecino ruidoso, campeón, ganador. Ese es el material perfecto para una identidad futbolística construida por negación.
La rivalidad, además, tiene memoria. Chile ganó a Argentina las finales de Copa América 2015 y 2016, ambas por penales, y esa doble hazaña sigue funcionando como reserva emocional. La derrota reciente del adulto se compensa con la victoria simbólica del recuerdo. El hincha promedio no está siendo irracional. Está haciendo economía afectiva.
Conviene, sin embargo, no confundir la lectura. Reírse de una derrota rival forma parte del folclor deportivo mundial y no debería confundirse con odio genuino a un pueblo. El problema aparece cuando la broma futbolera se filtra hacia el trato al turista, al compañero de trabajo trasandino o al vecino de departamento. Ahí la identidad social deja de ser un juego y empieza a producir daño real, un fenómeno que la propia literatura sobre schadenfreude ha documentado con incomodidad.
El domingo, entonces, Chile jugará una final que no le tocaba. No en la cancha, sino en el sofá, en el bar y en el grupo de WhatsApp. Vale la pena mirar ese partido con conciencia del espejo. El fútbol muestra, incluso cuando no participamos, quiénes somos como hinchada. Y a veces, lo que muestra dice más de nosotros que del rival al que queremos ver perder.
