Por Rodrigo González

Prevencionista de Riesgos.

Dpl. en Gestión de Proyectos en Prevención de Riesgos, Gestión del Riesgo de Desastres,

Gestión Ambiental, Ergonomía y Políticas Públicas.


La realización de la Expo “La Araucanía se Prepara 2026”, organizada por SENAPRED, representa un importante avance hacia una cultura regional de prevención y autocuidado. Sin embargo, el verdadero desafío comienza cuando terminan las exhibiciones y las familias regresan a sus hogares. La preparación ante emergencias debe transformarse en una práctica permanente, especialmente en una región expuesta a amenazas naturales y situaciones de riesgo que pueden afectar directamente la vida, la seguridad y el bienestar de sus habitantes.

La Región de La Araucanía fue escenario de una iniciativa que merece ser reconocida, valorada y, sobre todo, proyectada hacia el futuro. Entre el 8 y el 10 de octubre se desarrolló la Expo “La Araucanía se Prepara 2026”, una actividad organizada por el Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (SENAPRED), que reunió a más de 80 instituciones vinculadas a la prevención, preparación y respuesta frente a situaciones de emergencia.

Durante tres jornadas, organismos públicos, instituciones privadas, equipos de emergencia, establecimientos educacionales, organizaciones de la sociedad civil y familias tuvieron la oportunidad de conocer de manera cercana las capacidades existentes en nuestra región para enfrentar distintos escenarios de riesgo.

La programación incluyó seminarios, capacitaciones, talleres, demostraciones de rescate aéreo, actividades de adiestramiento canino, ejercicios de evacuación y espacios educativos relacionados con la actividad volcánica, la seguridad escolar y la preparación familiar.

Desde mi perspectiva como profesional del área de Prevención de Riesgos, considero que esta iniciativa constituye un paso significativo en una tarea que durante años hemos necesitado fortalecer: llevar la prevención desde los documentos técnicos y las instituciones hasta la vida cotidiana de las personas.

Porque debemos comprender algo fundamental: una comunidad preparada no es aquella que dispone únicamente de vehículos de emergencia, equipamiento especializado o personal capacitado. Una comunidad verdaderamente preparada es aquella en la que sus habitantes conocen los riesgos de su entorno, saben cómo actuar ante una amenaza y comprenden que sus propias decisiones pueden marcar la diferencia entre una situación controlada y una tragedia.

Vivimos en una región donde prepararse es una necesidad

La Araucanía posee una extraordinaria riqueza natural, geográfica y cultural. Sin embargo, esas mismas características territoriales nos exponen a diversas amenazas que requieren atención permanente.

En nuestra región convivimos con volcanes activos, extensas superficies forestales, sectores cordilleranos, caminos rurales, cursos de agua y localidades que, debido a su ubicación geográfica, pueden enfrentar dificultades adicionales ante una emergencia.

Durante el año podemos experimentar incendios forestales, sistemas frontales intensos, inundaciones, remociones en masa, nevazones, actividad volcánica, sismos y otras situaciones capaces de alterar profundamente la vida de nuestras comunidades.

Ahora bien, es importante aclarar un concepto que muchas veces se interpreta de manera equivocada: una amenaza natural no necesariamente tiene que transformarse en un desastre.

Por ejemplo, una lluvia intensa representa una amenaza, pero sus consecuencias dependerán de diversos factores, como las condiciones de los caminos, el estado de los sistemas de evacuación de aguas lluvias, la ubicación de las viviendas, la información disponible y la preparación de las personas.

Lo mismo ocurre frente a un incendio forestal. Su impacto puede aumentar cuando existen viviendas rodeadas de vegetación combustible, accesos deficientes, falta de planificación territorial o familias que desconocen las rutas de evacuación.

En términos sencillos, el riesgo no depende solamente del fenómeno que pueda ocurrir, sino también de qué tan expuestos estamos y de las condiciones que nos hacen más vulnerables.

Precisamente ahí radica la importancia de la prevención: identificar anticipadamente esas condiciones y trabajar para reducirlas antes de que ocurra una emergencia.

La prevención debe comenzar mucho antes de escuchar una sirena

Uno de los principales errores que podemos cometer como sociedad es asociar la prevención exclusivamente con la respuesta de los organismos de emergencia.

Es habitual que, ante un incendio, una inundación o una emergencia volcánica, nuestra primera preocupación sea la llegada de Bomberos, Carabineros, los equipos de salud o las instituciones especializadas.

Naturalmente, su trabajo es indispensable y merece todo nuestro reconocimiento.

Sin embargo, existe una etapa previa que muchas veces pasa inadvertida y que puede resultar incluso más importante: la preparación de las personas y la reducción de los riesgos existentes.

En prevención de riesgos trabajamos bajo un principio fundamental: identificar los peligros, evaluar sus posibles consecuencias y establecer medidas para evitar que se produzcan daños.

Este mismo razonamiento puede aplicarse perfectamente a nuestros hogares, establecimientos educacionales, lugares de trabajo y espacios comunitarios.

Una familia que conoce las amenazas presentes en su sector, identifica sus vías de evacuación, mantiene sus contactos de emergencia actualizados y conversa anticipadamente sobre cómo actuar frente a una situación crítica posee mejores herramientas para protegerse.

Por el contrario, cuando desconocemos los riesgos o improvisamos nuestras decisiones bajo presión, aumentamos las posibilidades de cometer errores.

No debemos esperar a que ocurra una emergencia para preguntarnos dónde están nuestros documentos, cómo nos comunicaremos con nuestros familiares o qué debemos hacer si tenemos que abandonar nuestra vivienda.

Esas preguntas deben responderse hoy, con tranquilidad y anticipación.

La educación preventiva es una inversión en vidas humanas

Uno de los aspectos más valiosos de la Expo “La Araucanía se Prepara 2026” fue la incorporación de actividades dirigidas a estudiantes de distintos niveles educativos.

Considero que esta decisión representa un acierto especialmente importante.

La prevención no puede limitarse a las personas adultas ni a quienes trabajan profesionalmente en seguridad y emergencias. Debe formar parte del aprendizaje de nuestros niños, niñas y adolescentes desde sus primeros años.

Cuando un estudiante aprende a reconocer una señal de evacuación, comprende por qué no debe regresar a buscar sus pertenencias durante una emergencia o participa responsablemente en un simulacro, está adquiriendo conocimientos que pueden acompañarlo durante toda su vida.

Además, los niños tienen una enorme capacidad para transmitir estos aprendizajes dentro de sus propios hogares.

Un estudiante que conoce la importancia de preparar un kit de emergencia puede motivar a su familia a organizarse. Una niña que aprende sobre los riesgos volcánicos puede iniciar una conversación sobre las rutas de evacuación de su localidad.

Por eso, los establecimientos educacionales desempeñan un papel estratégico en la construcción de comunidades más seguras.

El Plan Integral de Seguridad Escolar (PISE), abordado durante la exposición, constituye una herramienta relevante para fortalecer esta preparación.

No obstante, debemos procurar que estos instrumentos no se transformen simplemente en documentos archivados para cumplir una exigencia administrativa.

Un plan de seguridad debe ser conocido, comprendido, practicado y actualizado.

Su verdadera utilidad se demuestra cuando estudiantes, docentes, asistentes de la educación y familias saben cómo actuar coordinadamente frente a una situación real.

La realidad rural también debe estar presente en la gestión del riesgo

Existe un aspecto que, desde mi experiencia y conocimiento del territorio, considero indispensable incorporar en cualquier reflexión sobre la gestión del riesgo de desastres en La Araucanía: las particularidades de nuestras comunidades rurales.

La realidad de una familia que reside en el centro de Temuco puede ser muy distinta de aquella que habita en sectores apartados de Cunco, Melipeuco, Curarrehue, Lonquimay o Curacautín.

En algunas localidades existen dificultades de conectividad telefónica, caminos que pueden verse interrumpidos por condiciones climáticas, grandes distancias respecto de centros asistenciales y poblaciones con una importante presencia de personas mayores.

Estas condiciones deben ser consideradas al momento de diseñar estrategias de prevención y respuesta.

No basta con disponer de un plan general si este no reconoce las características de cada territorio.

Una comunidad rural necesita conocer sus rutas de acceso y evacuación, identificar alternativas de comunicación, reconocer puntos de encuentro seguros y establecer mecanismos de apoyo para aquellas personas que podrían requerir asistencia adicional.

En este sentido, resulta fundamental fortalecer el trabajo conjunto entre los municipios, las organizaciones comunitarias, los establecimientos educacionales, los servicios públicos y los propios habitantes.

Las juntas de vecinos, comunidades indígenas, organizaciones territoriales y agrupaciones locales pueden desempeñar un papel especialmente relevante, porque conocen de primera fuente las necesidades, dificultades y capacidades existentes en sus sectores.

La prevención debe construirse con las comunidades y no solamente diseñarse desde las oficinas.

Un desafío pendiente: convertir la información en acciones concretas

Valoro profundamente que SENAPRED haya impulsado una actividad abierta a la ciudadanía, utilizando experiencias prácticas, demostraciones y herramientas educativas para acercar conocimientos que muchas veces se presentan mediante conceptos técnicos difíciles de comprender.

Sin embargo, también considero necesario formular una reflexión constructiva.

El éxito de una actividad preventiva no debería medirse únicamente por la cantidad de asistentes, las instituciones participantes o las demostraciones realizadas. También debería evaluarse por los cambios concretos que genera en la preparación de las comunidades.

Después de una exposición de estas características, sería valioso conocer cuántas familias comenzaron a elaborar su plan de emergencia, cuántos establecimientos fortalecieron sus procedimientos, cuántas organizaciones comunitarias solicitaron capacitación y cuántos municipios incorporaron nuevas acciones preventivas.

No planteo estas interrogantes como una crítica a la organización del evento, sino como una oportunidad para fortalecer su impacto.

Una feria puede despertar interés, entregar conocimientos y generar conciencia. Pero para que sus resultados perduren, debe existir continuidad.

Sería especialmente positivo que experiencias como esta se complementaran con capacitaciones territoriales, ejercicios comunitarios, actividades escolares y programas permanentes de preparación ciudadana en las distintas comunas de La Araucanía.

También sería beneficioso establecer mecanismos sencillos de seguimiento que permitan identificar qué conocimientos fueron adquiridos y cuáles necesitan reforzarse.

En prevención, una actividad aislada puede generar sensibilización. En cambio, el aprendizaje continuo, acompañado de ejercicios prácticos y medidas concretas, permite desarrollar capacidades reales para enfrentar los riesgos.

Los municipios tienen una responsabilidad fundamental

Otro aspecto que merece especial atención es el papel de las municipalidades. Los gobiernos comunales constituyen uno de los niveles institucionales más cercanos a la ciudadanía y desempeñan funciones relevantes en la gestión del riesgo de desastres.

Desde el territorio es posible identificar sectores expuestos a amenazas, reconocer necesidades prioritarias y coordinar medidas preventivas ajustadas a cada realidad local. Por ello, resulta indispensable avanzar en instrumentos comunales de planificación que permitan orientar la prevención, preparación, respuesta y recuperación frente a emergencias.

Estos instrumentos deben responder a diagnósticos reales, considerar información territorial actualizada e incorporar la participación de las comunidades.

Asimismo, deben traducirse en acciones verificables, responsabilidades definidas y mecanismos de seguimiento. No podemos comprender la gestión del riesgo de desastres como una tarea exclusiva de los equipos de emergencia.

También requiere planificación, coordinación institucional, educación, inversión y decisiones oportunas. Desde mi perspectiva, fortalecer la prevención comunal significa proteger vidas humanas, resguardar viviendas e infraestructura, reducir daños al medioambiente y favorecer la continuidad de las actividades económicas y sociales.

Cada recurso destinado de manera adecuada a identificar y reducir riesgos representa una oportunidad para evitar pérdidas que, en determinados escenarios, pueden resultar irreparables.

La prevención también es una responsabilidad ciudadana

Si bien las instituciones públicas tienen responsabilidades fundamentales, sería equivocado pensar que toda la preparación depende exclusivamente de ellas.

La ciudadanía también cumple un papel decisivo. Cada persona puede adoptar medidas sencillas que contribuyan a mejorar la seguridad de su hogar y su comunidad.

Conversar en familia sobre qué hacer durante un terremoto, identificar zonas seguras, mantener elementos básicos para enfrentar una emergencia, revisar las condiciones de la vivienda y prestar atención a la información oficial son acciones que pueden marcar una diferencia importante.

También debemos considerar a quienes podrían necesitar mayor apoyo, como personas mayores, niños pequeños, personas con discapacidad o vecinos que viven solos.

Una comunidad organizada es aquella que, además de reconocer sus propios riesgos, identifica las necesidades de quienes la integran.

La solidaridad y la colaboración son valores esenciales durante una emergencia, pero adquieren todavía más importancia cuando se practican anticipadamente.

Debemos dejar atrás la idea de que prepararse es una reacción exagerada o una preocupación innecesaria. Prepararse no significa vivir con miedo.

Por el contrario, significa adquirir herramientas para actuar con mayor seguridad, disminuir la incertidumbre y proteger aquello que más valoramos.

Reconocer a quienes trabajan por nuestra seguridad

La realización de la Expo “La Araucanía se Prepara 2026” también permitió visibilizar el trabajo de numerosas instituciones y organizaciones que participan en las distintas etapas de la gestión del riesgo de desastres.

Detrás de cada demostración, capacitación o ejercicio existe trabajo humano, planificación, experiencia y compromiso.

Es importante reconocer a SENAPRED La Araucanía por impulsar esta iniciativa, así como a las instituciones participantes, los organismos de respuesta, los equipos técnicos, los establecimientos educacionales y las organizaciones que contribuyeron a su desarrollo.

Muchas de estas personas realizan labores que habitualmente pasan desapercibidas hasta que ocurre una emergencia.

Sin embargo, su aporte también se encuentra en el trabajo cotidiano: capacitar, inspeccionar, planificar, educar, coordinar y preparar a las comunidades.

Como sociedad, debemos aprender a valorar la prevención con la misma intensidad con que reconocemos la respuesta frente a una catástrofe.

Una emergencia atendida oportunamente puede evitar consecuencias mayores, pero un riesgo reducido anticipadamente puede impedir que esas consecuencias lleguen a producirse.

La Araucanía debe avanzar hacia una verdadera cultura preventiva

La Expo “La Araucanía se Prepara 2026” deja una señal positiva: existe interés por acercar la gestión del riesgo de desastres a la ciudadanía y generar espacios de aprendizaje donde las personas puedan comprender mejor las amenazas que enfrentan.

Ahora corresponde dar continuidad a ese esfuerzo. Debemos avanzar hacia una región donde la educación preventiva no dependa únicamente de campañas ocasionales; donde los planes de emergencia sean herramientas conocidas y utilizadas; donde los municipios incorporen permanentemente la reducción del riesgo en su gestión; y donde las familias comprendan que prepararse también es una forma de cuidar a sus seres queridos.

La prevención debe ser parte de nuestra cultura, de nuestras decisiones y de nuestra manera de relacionarnos con el territorio. Esto exige voluntad institucional, participación comunitaria y un compromiso sostenido en el tiempo.

Desde la Prevención de Riesgos, considero que uno de los mayores desafíos consiste precisamente en cambiar nuestra forma de pensar: dejar de concentrar todos nuestros esfuerzos en actuar después de que ocurre un desastre y comenzar a otorgar a la prevención la importancia que realmente merece.

No significa que podamos evitar todos los fenómenos naturales ni eliminar completamente sus consecuencias. Significa que podemos tomar decisiones responsables para disminuir nuestra exposición, reducir vulnerabilidades y fortalecer nuestra capacidad de respuesta. Y ese es un objetivo que debemos asumir entre todos.

Una reflexión final: que la preparación no termine cuando se apagan las luces de la exposición

La Expo “La Araucanía se Prepara 2026” concluyó exitosamente sus tres jornadas, pero el mensaje que deja no debería terminar junto con sus actividades.

Ojalá que cada familia participante haya regresado a su hogar con algo más que una fotografía, un recuerdo o la experiencia de observar una demostración de rescate.

Ojalá haya regresado con una pregunta importante: ¿estamos realmente preparados para enfrentar una emergencia? Y, principalmente, con la motivación de hacer algo concreto para mejorar esa preparación.

Como prevencionista de riesgos, estoy convencido de que uno de los mayores avances que podemos alcanzar como sociedad es comprender que la seguridad no comienza cuando llegan los equipos de emergencia.

Comienza mucho antes, cuando identificamos nuestros riesgos, educamos a nuestros hijos, planificamos nuestras acciones y asumimos responsablemente el cuidado de nuestras familias y comunidades.

La Araucanía necesita continuar fortaleciendo sus capacidades institucionales, pero también requiere ciudadanos informados, comunidades organizadas y una participación activa de todos los sectores.

Porque, finalmente, la mejor emergencia es aquella que logramos evitar; y cuando no es posible impedirla, la preparación puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Que esta exposición no sea solamente recordada como una exitosa actividad regional, sino como una oportunidad para seguir construyendo una Araucanía más consciente, organizada, preparada y resiliente.

La prevención no es un gasto innecesario ni una responsabilidad exclusiva de las autoridades. Es una inversión en seguridad, bienestar y futuro.

Y, por sobre todo, es una responsabilidad compartida.

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