La administración Trump mantiene la amenaza de una intervención militar en Venezuela como mecanismo de presión para forzar la salida de Nicolás Maduro y garantizar estabilidad energética y política en la región, en medio del colapso productivo y el aislamiento internacional del gobierno chavista.


La estrategia de Washington: del conflicto político al narcotráfico

El anuncio de Estados Unidos sobre una posible incursión militar limitada en Venezuela reactivó el debate regional sobre el futuro del gobierno de Nicolás Maduro y el impacto geopolítico de una ofensiva armada.

Para el analista internacional y académico de Periodismo del Campus Creativo UNAB, Marcelo Pérez, el giro de Washington está directamente relacionado con la forma en que la administración Trump definió el conflicto: no como un problema político, sino como un asunto de narcotráfico.

Según explica, el punto de inflexión fue la designación de Maduro como líder del Cartel de los Soles, lo que permite tratar a su entorno como una organización criminal y no como autoridad de un Estado soberano. Ese marco abre espacio para operaciones específicas, dirigidas a “eliminar objetivos concretos” sin comprometer una invasión masiva.

Pérez añade que Estados Unidos esperaba un desgaste interno más rápido del chavismo tras los primeros despliegues militares en el Caribe. Ante la resistencia del gobierno, surge la amenaza de intervención terrestre “como un mecanismo de presión directa sobre Maduro”.


Petróleo y geopolítica: la variable silenciosa

El componente energético es, para el académico, un factor clave y subestimado en la discusión. Venezuela posee una de las mayores reservas de petróleo del mundo, pero la caída en su producción desde la llegada de Maduro ha tensionado el mercado global en un contexto de alta inestabilidad en Oriente Medio y enfrentamientos entre Rusia y Occidente.

La crisis interna de PDVSA, marcada por la fuga de profesionales, la incapacidad de atraer inversión y el desplome productivo, complica la estabilidad del mercado energético internacional. En ese escenario, un gobierno venezolano eficiente —más que ideológicamente alineado— resulta estratégico para Estados Unidos.

Pérez sostiene que la presión militar y diplomática también debe leerse como una necesidad de garantizar flujo de crudo y reducir el riesgo de interrupciones estratégicas en zonas como el canal de Suez o el estrecho de Ormuz.


La salida de Maduro: único freno a la intervención

El analista afirma que la situación venezolana es excepcional en América Latina tanto por el nivel de deterioro institucional como por el aislamiento internacional del gobierno de Maduro. Sus últimas elecciones estuvieron lejos de estándares democráticos y su liderazgo carece de peso regional, incluso frente a antiguos aliados.

A esto se suma que potencias como Rusia, China e Irán están enfocadas en sus propias crisis y conflictos, sin incentivos reales para defender al mandatario venezolano. “Venezuela está más sola que nunca”, enfatiza Pérez.

Respecto de una salida diplomática, el académico señala que el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado consolidó el apoyo del llamado “primer mundo” a la oposición venezolana, limitando el margen de maniobra del chavismo.

Aunque la intervención militar estadounidense “no es irrevocable”, Pérez afirma que su freno dependerá únicamente de la salida de Maduro. Washington ha puesto la decisión “en la cancha del gobierno venezolano”: si el mandatario cede, el escenario cambia; si no lo hace, el académico anticipa una acción focalizada contra las cabezas del narcotráfico, seguida de la salida del país de Maduro.

“El discurso de unión con el pueblo no va a significar nada cuando la presión llegue al punto crítico”, advierte.

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