Daniel Sandoval, periodista
En los últimos días y con especial fuerza durante la reciente campaña electoral, el concepto de ideología ha sido utilizado como un calificativo negativo, asociado a rigidez, dogmatismo o improductividad, como si fuera un obstáculo para el desarrollo y el entendimiento social. Esta caricatura no es casual, ya que responde a una estrategia discursiva que busca deslegitimar ciertas posiciones políticas y, al mismo tiempo, instalar la falsa idea de que es posible hacer política sin ideología.
No existe pensamiento político ni acción pública que esté libre de un marco ideológico. Quienes hoy denostan la ideología -principalmente sectores republicanos, libertarios y el PDG- lo hacen desde una ideología propia, aunque intenten presentarse como neutrales o “pragmáticos”. Desde esa lógica, no solo se desacredita la ideología en abstracto, sino también ideologías específicas como la ambientalista, la feminista, la animalista, entre otras, tratándolas como caprichos identitarios y no como expresiones legítimas de reflexión social y del sentido de vivir en comunidad.
La ideología no es un insulto ni una carga inútil. Es el espacio desde el cual pensamos el mundo, organizamos valores, definimos principios y construimos reflexión colectiva. Según el Diccionario de la lengua española de la RAE, la ideología es el conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, lo que la convierte en un componente esencial de toda vida social y política.
Las grandes corrientes que han estructurado la historia —socialismo, liberalismo, capitalismo, socialdemocracia, conservadurismo— son ideologías que ordenan la relación entre el Estado, el mercado y la sociedad. Del mismo modo, las diversas ideologías ambientalistas, religiosas, nacionalistas, feministas, o animalistas no surgen del vacío, sino de conflictos reales, de demandas históricas y nuevas formas de entender la dignidad, los derechos y la convivencia.
Resulta especialmente contradictorio que quienes critican la ideología sostengan proyectos profundamente ideológicos. El nuevo gobierno que asume este 11 de marzo se apoya en la Constitución de 1980, un texto que consagra una visión liberal extrema del mercado y reduce al Estado a un rol subsidiario, eso no es ausencia de ideología, sino la expresión clara de una ideología dominante que se presenta falsamente como neutral.
Decir que la ideología divide o entorpece el progreso es una simplificación peligrosa y populista. Lo que debilita la democracia no es la existencia de ideas, sino la negación del debate honesto sobre ellas y la descalificación sistemática de aquellas ideologías que cuestionan y que buscan transformar, como claramente, cualquiera lo desearía.
Por ello, es necesario llamar al mundo político y social a recuperar el sentido profundo de la ideología como un punto de partida democrático, reconocer siempre desde dónde pensamos, qué valores defendemos y qué sociedad queremos construir, ya que sin ideología no hay política, sin ideología no hay democracia y, sin ideología, no hay sociedad.
