Hace casi una década, Roberto Yurisic dejó Chile para buscar nuevas oportunidades en Asia. Hoy es el único chileno que recorre ciudades chinas haciendo sonar un organillo tradicional, fusionando patrimonio, circo y cultura en un espectáculo que sorprende a miles de personas.


A más de 18 mil kilómetros de Chile, un sonido tradicional chileno logra detener el paso de cientos de personas. Mientras un organillo comienza a girar y las melodías inundan una plaza de la ciudad de Harbin, en el noreste de China, los curiosos se acercan para observar un espectáculo que parece sacado de otra época.

Detrás del carro está Roberto Yurisic, un artista chileno de 35 años que ha convertido una tradición centenaria en un puente cultural entre Chile y el gigante asiático.

Con un bigote característico, un elegante traje de inspiración vintage y un sombrero al estilo de los años sesenta, Roberto interpreta al clásico organillero chileno mientras burbujas y remolinos de papel acompañan cada presentación.

Su proyecto, denominado «Organillero Transpacífico», busca rescatar una de las expresiones más tradicionales del patrimonio popular chileno y acercarla a un público que jamás había visto un organillo en funcionamiento.

De payaso y monociclista a embajador cultural

Antes de instalarse en China, Roberto desarrolló una extensa trayectoria en el mundo circense en Chile.

Trabajó como payaso y monociclista en su compañía Le Fracás, además de colaborar en producciones vinculadas al espectáculo Hadal, asociado al Cirque du Soleil.

Fue precisamente durante esa experiencia cuando comenzó a interesarse por conocer China, luego de entablar amistad con una contorsionista china que despertó su curiosidad por la cultura asiática.

Sin demasiadas dudas, en 2017 emprendió viaje rumbo a Hong Kong para iniciar una aventura que, en un comienzo, pensaba sería temporal.

Posteriormente recorrió Cantón y llegó hasta la provincia rural de Yunnan, donde una casualidad cambiaría por completo el rumbo de su vida.

Un encuentro chileno en pleno circo chino

Mientras visitaba un circo en Yunnan, Roberto reconoció inmediatamente a uno de los artistas.

Era un trapecista chileno.

«Lo caché altiro, era chileno, se cacha de lejos», recuerda entre risas. Según explica, dentro del mundo circense existe un amplio reconocimiento internacional hacia los trapecistas chilenos por su nivel técnico.

Ambos hicieron amistad rápidamente.

Cuando Roberto regresó a Chile por el vencimiento de su visa, recibió una inesperada llamada del trapecista, quien le ofreció integrarse durante cuatro meses al elenco del circo.

Aceptó sin pensarlo demasiado.

Al poco tiempo volvió a China y comenzó una extensa gira artística por distintas ciudades del país presentando espectáculos de payaso.

«Esa fue una de las experiencias más bonitas que tuve», recuerda.

El organillo chileno sorprende al público chino

Con el paso de los años, Roberto decidió incorporar el organillo tradicional chileno a sus presentaciones.

La respuesta del público superó todas sus expectativas.

Según relata, los espectadores quedan completamente fascinados con un instrumento desconocido para la mayoría de los chinos.

«Los chinos se vuelven locos», comenta al describir las reacciones de niños y adultos que se acercan a fotografiarse, grabar videos y conocer el funcionamiento del antiguo instrumento musical.

Cada presentación se transforma en una experiencia cultural donde el patrimonio chileno despierta curiosidad y admiración.

Un puente cultural entre Chile y China

Más que un espectáculo callejero, el trabajo de Roberto Yurisic se ha convertido en una forma de difusión del patrimonio cultural chileno en Asia.

A través del proyecto Organillero Transpacífico, busca mantener viva una tradición que forma parte de la identidad popular de Chile, demostrando que expresiones culturales con más de un siglo de historia pueden emocionar incluso a personas que jamás habían oído hablar del organillo.

Su historia refleja cómo el arte puede derribar barreras idiomáticas y culturales.

Lo que comenzó como un viaje de aventura terminó transformándose en una misión personal: llevar un pedazo de Chile hasta el otro lado del mundo, donde cada melodía hace que miles de personas descubran una tradición que parecía reservada únicamente para las plazas chilenas.

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