Por Marcelo Trivelli
El Estado debe liderar, convocar, habilitar, coordinar, reducir riesgos y atraer capital privado.
Convertir a Chile en un electroestado requiere un Estado estratega capaz de mirar cincuenta años hacia adelante. Un Estado que lidere, convoque, habilite, coordine, reduzca riesgos, atraiga el enorme volumen de capital privado que necesitaremos y facilite su implementación. No se trata de elegir entre Estado o mercado, sino de conseguir que ambos tengan el mismo propósito.
La urgencia es enorme. La competencia mundial por electricidad barata para instalar centros de datos e industrias intensivas en energía ya comenzó. Chile tiene el sol del desierto, el viento de la Patagonia, cobre y litio, una minería que no puede trasladarse a otro continente y una posición privilegiada frente al Pacífico. Pero transformar esas ventajas naturales en desarrollo requiere visión, propósito, liderazgo y una decisión política desideologizada.
Chile ya enfrentó desafíos semejantes. En 1939 se creó CORFO porque el país comprendió que su desarrollo industrial requería una capacidad de inversión y coordinación que el mercado nacional por sí solo no podía generar. De esa visión surgieron ENDESA y CAP, ambas con participación mixta del Estado y privados.
No se trata entonces de volver al Estado empresario del siglo XX. Se trata de recuperar la capacidad del Estado para imaginar y construir el futuro junto al sector privado.
Estados Unidos ofrece otro ejemplo. En 1961, John F. Kennedy convocó a su país a llevar un hombre a la Luna y traerlo de regreso antes de terminar la década. Parecía una meta desmesurada. El Estado norteamericano puso el propósito, los recursos y la coordinación; universidades, centros de investigación y numerosas empresas privadas desarrollaron buena parte de la tecnología necesaria. Ocho años después, Neil Armstrong caminaba sobre la Luna.
Chile tiene una experiencia contemporánea igualmente ilustrativa: la astronomía. Poseemos algunos de los mejores cielos del planeta, pero esa ventaja natural por sí sola no nos habría convertido en un centro mundial de astronomía. El Estado celebró acuerdos internacionales, otorgó condiciones especiales para instalar grandes observatorios y aseguró beneficios para la ciencia nacional, entre ellos acceso de instituciones chilenas a capacidad de observación, formación de capital humano e investigación.
Lo que hicimos con nuestros cielos podemos hacerlo con nuestro sol y nuestro viento. Hoy, para convertirnos en un electroestado, necesitamos que Chile defina dónde queremos estar en cincuenta años y construya las condiciones para llegar allí. Y cuando pensamos en un horizonte de cincuenta años, vuelve a tener vigencia la planificación.
Necesitamos construir lo que en inglés llaman the big picture: la gran imagen del electroestado que queremos construir. Dónde estarán las plantas generadoras y los sistemas de almacenamiento; qué obras públicas necesitaremos; dónde existen terrenos fiscales disponibles; qué infraestructura hídrica y digital será necesaria; qué cables submarinos nos conectarán con América y los demás continentes; qué rol tendrán las universidades en la formación de técnicos, ingenieros y científicos; qué leyes necesitamos para establecer reglas estables y procesos de aprobación eficientes; cómo desarrollar un ecosistema financiero capaz de acompañar inversiones pioneras; y qué diplomacia global desplegaremos para atraer a los mayores inversionistas tecnológicos y energéticos del mundo, manteniendo nuestra neutralidad y equilibrio frente a las potencias hegemónicas.
Si Chile entrega condiciones excepcionales para que las industrias del futuro se instalen aquí, esas inversiones deben dejar capacidades en nuestro país: investigación, formación de capital humano, proveedores nacionales, transferencia tecnológica, innovación y desarrollo regional. No basta con llenar el desierto de paneles solares, baterías y edificios que alberguen servidores. El objetivo es utilizar esa infraestructura para transformar nuestra economía.
Aquí aparece una dimensión que debemos incorporar con mayor fuerza al debate económico. Buena parte de nuestras discusiones se concentra en medidas que, siendo importantes, aspiran a conseguir incrementos marginales del crecimiento: algunas décimas adicionales del PIB. Convertir a Chile en un electroestado pertenece a otra escala. Si logramos atraer inversiones masivas en generación, almacenamiento, transmisión, minería, centros de datos, inteligencia artificial y nuevas manufacturas, el impacto podría significar varios puntos adicionales de crecimiento durante muchos años. No estaríamos administrando mejor la economía existente; estaríamos ampliando estructuralmente su capacidad de crecer.
Pero para ello necesitamos planificación y coordinación. Ese es el papel insustituible del Estado.
Hace más de ochenta años Chile decidió construir la infraestructura energética e industrial que necesitaba para desarrollarse. Hace sesenta, Estados Unidos decidió llegar a la Luna. Y Chile comprendió que sus cielos podían convertirse en una plataforma para desarrollar astronomía de nivel mundial.
Ahora tenemos delante una nueva oportunidad.
El desafío no es elegir entre Estado o mercado. Es conseguir que el Estado y el mercado tengan el mismo propósito: transformar a Chile en un electroestado y construir, desde hoy, el país que queremos ser dentro de cincuenta años.
