Por Juan Pablo Catalán,
académico e investigador de Educación UNAB.
Septiembre es nuestro mes. Quizás el más hermoso del año. Chile parece cambiar de color: las banderas vuelven a las ventanas, los barrios se visten de blanco, azul y rojo, las escuelas se llenan de música y los patios recuperan juegos, sabores y tradiciones que parecían dormidos. Hay cuecas, empanadas, volantines y encuentros alrededor de una mesa. Pero ocurre algo todavía más profundo: septiembre nos devuelve a nuestras raíces. Por unos días volvemos a sentir que pertenecemos a una historia compartida. Celebramos la patria, pero también celebramos esa palabra pequeña y enorme que nos reúne: nosotros.
La escuela tiene una responsabilidad fundamental en la construcción de ese “nosotros”. Por eso, su tarea no puede terminar en enseñar una cueca, levantar una bandera o preparar un impecable acto de Fiestas Patrias. Formar identidad nacional significa ayudar a niños y jóvenes a conocer la historia que explica el país que habitan, comprender sus luces y sus heridas, valorar sus símbolos, patrimonio y tradiciones. Pero significa algo más difícil de enseñar: comprender que querer a Chile también supone cuidar aquello que compartimos, respetar al que piensa distinto, participar de la vida democrática y asumir que el país no es solamente un territorio que recibimos, sino una comunidad de la cual somos responsables.
Quizás allí exista una contradicción que septiembre deja al descubierto. Nuestras escuelas realizan enormes esfuerzos para celebrar Chile durante un mes, pero debemos preguntarnos si dedicamos la misma energía a enseñar a construirlo durante todo el año. La Ley 20.911 nos recuerda que formar ciudadanía implica promover el conocimiento de nuestros derechos y deberes, la participación, el respeto por los derechos humanos y la valoración de la diversidad social y cultural. La identidad nacional, entonces, no debería reducirse a una efeméride. Una bandera tiene poco sentido pedagógico si no ayudamos a comprender aquello que representa.
Pero existe además otra pregunta que el Chile de 2026 ya no puede eludir. ¿Quiénes forman hoy ese “nosotros”? Basta entrar a una escuela para descubrir un país que ha cambiado. Allí conviven niños cuyas familias han vivido por generaciones en Chile con otros cuyas historias comenzaron en Venezuela, Perú, Colombia, Haití y tantos otros lugares. Traen nuevos acentos, comidas, músicas, recuerdos y formas de mirar el mundo. Y ellos también están comenzando a escribir nuestra historia.
Esto explica las discusiones que cada septiembre aparecen cuando una escuela incorpora expresiones culturales de otros países en sus celebraciones. Pero quizás estamos discutiendo algo mucho más importante que un baile. La interculturalidad no significa reemplazar la cueca ni esconder aquello que nos identifica. Una escuela debe enseñar nuestras tradiciones precisamente porque nadie puede construir pertenencia desconociendo sus raíces. Pero una identidad segura de sí misma tampoco necesita levantar fronteras frente a la cultura del otro. El niño que llegó desde otro país no necesita borrar sus raíces para comenzar a echar nuevas raíces aquí; y el niño nacido en Chile no pierde identidad al conocer la historia de su compañero: gana mundo.
Ahí está quizás el desafío más hermoso de la escuela chilena actual: enseñar el Chile que heredamos y, al mismo tiempo, ayudar a construir el Chile que estamos llegando a ser. Nuestra identidad no puede convertirse en una fotografía inmóvil del pasado. Debe conservar la memoria que nos sostiene y tener espacio para las nuevas historias que comienzan a entrelazarse con ella. Porque pertenecer a una nación no consiste solamente en recordar de dónde venimos; también significa decidir cómo queremos vivir juntos.
Cuando termine septiembre guardaremos las banderas, los pañuelos y los trajes. Pero no deberíamos guardar con ellos nuestra identidad. Chile no se enseña durante un mes. Se enseña cada vez que una escuela ayuda a conocer nuestra historia, valorar nuestras tradiciones, respetar nuestras diferencias y cuidar aquello que tenemos en común. Porque la patria no es solamente la tierra que recibimos de quienes estuvieron antes. Es también el país que estamos construyendo para quienes vendrán después. Y quizás esa sea una de las tareas más hermosas de la educación: enseñar que nuestras raíces no están para levantar muros, sino para sostener las nuevas ramas de ese árbol que, entre todos, seguimos llamando Chile.
