Por Juan Pablo Catalán,
académico de Educación UNAB.
Cada 16 de octubre, Chile agradece a sus profesores. Hay flores, discursos y palabras emocionadas. Pero cuando termina la ceremonia, queda una pregunta que incomoda: ¿cómo exigimos que transformen la educación si seguimos postergando las condiciones que necesitan para hacerlo?
La sociedad cambió de piel. La inteligencia artificial responde en segundos; la información circula sin descanso; niños, niñas y jóvenes llegan a las aulas con nuevas inquietudes y desafíos emocionales. Sin embargo, aún confundimos enseñar con entregar contenidos y aprender con memorizar respuestas. No podemos educar para el mañana con las certezas pedagógicas del ayer.
La evidencia obliga a mirar más allá de los homenajes. Según la OCDE (2025), apenas el 17 % de los docentes chilenos de secundaria inferior encuestados siente que su profesión es valorada por la sociedad, mientras el 27 % declara experimentar mucho estrés laboral. Y el 57 % identifica el exceso de trabajo administrativo como fuente de estrés. ¿Cuánto espacio queda para imaginar mejores clases cuando el tiempo se consume entre formularios y urgencias?
No se trata de convertir al profesorado en víctima ni de absolverlo de toda responsabilidad. Enseñar hoy exige renovar nuestra identidad profesional: reconocernos como profesionales que investigan, reflexionan y aprenden permanentemente. Debemos abandonar prácticas que ya no responden a nuestros estudiantes, abrir las puertas del aula al trabajo colaborativo y convertir las metodologías activas en experiencias donde se investigue, dialogue, cree y argumente. Innovar no es llenar la clase de tecnología: es lograr que cada estudiante piense por sí mismo.
El Marco para la Buena Enseñanza (Ministerio de Educación, 2021) reconoce la reflexión pedagógica y la colaboración como parte del desarrollo profesional. Pero ningún mandato escrito reemplaza el tiempo real para planificar con otros, recibir acompañamiento y mejorar la enseñanza. La UNESCO (2024) advierte que dignificar la profesión requiere mejores condiciones laborales, desarrollo profesional y participación docente en las decisiones. Pedir cambios sin ofrecer estas posibilidades es confundir compromiso con sacrificio.
Además, educar no puede reducirse a preparar para una prueba o un empleo. Nuestros estudiantes necesitan pensamiento crítico, creatividad, colaboración y capacidad para convivir con quienes piensan distinto. También necesitan aprender a reconocer sus emociones, cuidar de otros y actuar con responsabilidad en un mundo incierto. Estas habilidades no nacen de un discurso: se cultivan en vínculos cotidianos, en comunidades que escuchan y en aulas donde equivocarse no significa dejar de aprender.
Este Día del Profesor necesitamos algo más que gratitud. Necesitamos docentes dispuestos a cambiar, escuelas que permitan trabajar juntos y una sociedad que deje de exigir milagros sin asumir su parte. Porque cuidar a quienes enseñan no es un favor al profesorado: es una decisión sobre el país que queremos construir. El futuro de Chile comienza cada vez que una profesora o un profesor ayuda a alguien a descubrir que puede transformar su propia historia.
