Por Marcelo Trivelli
Ingeniero civil de la Universidad de Chile
y MBA de Universidad de Berkeley
El Gobierno del Presidente Kast parece haber hecho todo lo que dicen los manuales de la ortodoxia económica para reactivar la economía. Impulsó una megarreforma que rebaja gradualmente el impuesto de primera categoría desde 27% a 23%, reintegró el sistema tributario, eliminó las contribuciones para la primera vivienda de mayores de 65 años y estableció incentivos para las donaciones y la repatriación de capitales.
Sin embargo, algo no está funcionando. La ciudadanía no tiene confianza ni en el presente ni en el futuro.
El desempleo llegó a 9,5%, su nivel más alto desde 2021. En seis de los primeros siete meses de 2026 el IMACEC registró variaciones interanuales negativas y entre enero y julio la actividad acumula una caída de 0,4%. Las estimaciones ya sitúan el crecimiento del país para este año por debajo del 1%.
Entonces cabe una pregunta incómoda: si el Gobierno está haciendo precisamente aquello que, según sus economistas, debería estimular la inversión y el empleo, ¿por qué la economía se debilita y aumenta la cesantía?
Porque la economía no funciona solamente con impuestos, tasas de interés, incentivos y planillas Excel. Funciona también, y mucho, con expectativas y confianza.
Keynes lo comprendió hace casi un siglo cuando habló de los animal spirits. Cuando un empresario decide invertir no conoce el futuro. Puede calcular costos, tasas de interés, impuestos y rentabilidades esperadas, pero finalmente debe tomar una decisión sobre algo que todavía no existe. Invierte cuando confía en que mañana será mejor que hoy.
Ese es precisamente el punto que parecen olvidar los tecnócratas: las expectativas sobre el futuro son una variable económica.
Y esas expectativas no se construyen solamente desde el Ministerio de Hacienda. Se construyen observando la política, la capacidad de gobernar, los acuerdos que se alcanzan, la estabilidad de las reglas y la posibilidad de anticipar razonablemente hacia dónde va el país.
El gobierno del Presidente Kast aprobó reforma tributaria por uno o dos votos y celebró el resultado. Pero gobernar no consiste solamente en contar votos. Consiste en construir mayorías políticas y sociales capaces de proyectarse en el tiempo.
La reforma constitucional sobre seguridad impulsada por el Gobierno, que ha provocado rechazo de la oposición y dudas dentro del propio oficialismo, transmite exactamente la señal contraria: incertidumbre respecto de las reglas futuras y de la capacidad de construir acuerdos duraderos.
Y quienes toman decisiones empresariales observan todo eso. Especialmente las pequeñas y medianas empresas y los emprendedores, donde se concentra una parte fundamental del empleo privado.
No basta con convencer a diez grandes grupos empresariales. Hay que conseguir que miles de pequeños y medianos empresarios crean que en el futuro cercano tendrán clientes, reglas razonablemente estables y un país gobernable.
Ningún presidente puede ordenar esas decisiones desde La Moneda. Cada empresario debe responder una pregunta muy sencilla: ¿confío lo suficiente en lo que viene como para arriesgar hoy mi dinero?
Y la respuesta mayoritaria hoy es no, incluso entre muchos que pueden tener afinidad ideológica con el Gobierno. De otra manera resulta difícil explicar por qué, la economía continúa debilitándose y el desempleo aumentando.
Una de las fortalezas de los treinta años de la Concertación fue que Chile ofrecía razonable previsibilidad política. Gobierno y oposición discrepaban profundamente, pero existía una mirada de Estado, capacidad de construir acuerdos y continuidad institucional.
Ese período no fue exitoso solamente porque hubo buenos economistas en Hacienda o excelentes técnicos en el Banco Central. Hubo liderazgos políticos capaces de conducir, negociar, ceder y convocar al país tras propósitos comunes. Generaron expectativas de estabilidad y futuro. La estabilidad generó confianza; la confianza, inversión; y la inversión, crecimiento y empleo.
Ahí está la diferencia entre administrar y gobernar.
Los tecnócratas pueden diseñar excelentes instrumentos económicos, pero no pueden reemplazar a la Política. Se puede bajar cuatro puntos el impuesto corporativo, ofrecer invariabilidad tributaria y facilitar la repatriación de capitales. Pero ninguna ley puede obligar a un empresario a invertir ni a un emprendedor a contratar.
Para invertir hay que creer en el futuro.
Y la confianza en el futuro no se decreta ni se incluye como artículo en una reforma tributaria. Se construye haciendo buena Política.
