Por Alfredo Vallejo Provoste

Hay ironías que merecen ser observadas con calma. Durante años, una parte importante de la derecha chilena levantó las banderas de la seguridad, el combate frontal al crimen organizado y la recuperación del control del Estado. Hoy, cuando un gobierno encabezado por José Antonio Kast decide acelerar su agenda de seguridad, surge una pregunta inevitable: ¿estamos dispuestos a utilizar todas las herramientas necesarias para perseguir al delito o sólo aquellas que resultan políticamente cómodas?

Porque combatir al crimen organizado sin discutir seriamente el levantamiento del secreto bancario es algo parecido a querer apagar un incendio mirando únicamente el humo. Las organizaciones criminales no guardan sus operaciones en cuadernos escolares. Siguen la ruta del dinero, esconden patrimonio, lavan activos y aprovechan cada espacio que el sistema les deja disponible.

Resulta curioso escuchar discursos encendidos sobre narcotráfico, bandas internacionales o corrupción, mientras la conversación se vuelve repentinamente tímida cuando aparece sobre la mesa el seguimiento de grandes movimientos financieros. Ahí las certezas se transforman en dudas, las urgencias en prudencia y los discursos de mano firme en complejos ejercicios de contorsionismo político.

La pregunta no es menor. Si el país está dispuesto a endurecer penas, ampliar facultades investigativas y destinar miles de millones de pesos a seguridad, ¿por qué no discutir con la misma seriedad herramientas que permitan seguir la huella económica del delito?

Y aquí surge una segunda contradicción. Cuando hablamos de delincuencia, muchas veces imaginamos el crimen de la calle, el asalto, el robo o el narcotráfico. Sin embargo, existen otros delitos que provocan daños masivos a la ciudadanía: colusiones, estafas financieras, fraudes sofisticados y delitos económicos cometidos desde oficinas con aire acondicionado y no desde esquinas oscuras.

Pareciera que en Chile seguimos conviviendo con la sensación de que existen delincuentes de primera y de segunda categoría. A unos se les persigue por la fuerza de las armas; a otros se les observa detrás de una montaña de informes, recursos judiciales y tecnicismos. El resultado es una ciudadanía que percibe que la igualdad ante la ley sigue siendo más una aspiración que una realidad.

Precisamente por eso, la discusión sobre el secreto bancario no debería transformarse en una pelea ideológica. Debiera ser una conversación sobre eficacia, transparencia y justicia. Si el objetivo es desarticular organizaciones criminales, perseguir redes de corrupción y enfrentar delitos económicos complejos, resulta difícil entender por qué ciertas herramientas siguen siendo tratadas como temas prohibidos.

Por supuesto, cualquier modificación debe realizarse con resguardos institucionales, control judicial y protección efectiva de los derechos de las personas. Nadie propone abrir indiscriminadamente las cuentas bancarias de los ciudadanos. Pero tampoco parece razonable mantener obstáculos que terminan favoreciendo a quienes cuentan con mayores recursos para ocultar el origen y destino de su dinero.

La seguridad no se construye únicamente con más cárceles, más patrullajes o más controles. También se construye siguiendo el dinero. Porque donde existe crimen organizado existe financiamiento. Y donde existe corrupción, también.

Quizás la verdadera prueba para quienes hoy gobiernan no será la cantidad de proyectos anunciados ni la dureza de sus discursos. Será demostrar que están dispuestos a combatir todas las formas de delincuencia, incluso aquellas que utilizan corbata, asesorías jurídicas y complejos mecanismos financieros.

Y mientras el debate avanza, queda una última reflexión. Después de tantos temporales que han golpeado de sur a norte a nuestro país, muchos chilenos han sentido la caída de más de una gota de barro. La duda es si a algunos líderes políticos también les habrá caído alguna. No para ensuciarse, sino para recordar que la realidad termina alcanzando incluso a quienes durante años observaron las tormentas desde la comodidad de la ventana.

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