Luis Alberto Riquelme.
Hay una frase que parece haberse instalado en el corazón de nuestro tiempo: ganar. Ganar más. Ganar primero. Ganar siempre.
No importa si hablamos de política, de negocios, de redes sociales o de la vida cotidiana. La lógica parece ser la misma: el éxito se mide por cuánto logras acumular, cuánto avanzas respecto de los demás, cuánto consigues para ti. El resto es secundario.
Durante años se nos ha repetido una promesa seductora. Que si cada uno persigue su propio interés, el bienestar terminará derramándose sobre todos. Que menos impuestos significan más prosperidad. Que menos Estado significa más libertad. Que el mercado, por sí solo, encontrará el camino correcto.
La palabra elegida para envolver esa promesa ha sido «libertad». Una palabra hermosa, indispensable para cualquier democracia. Pero también una palabra que puede ser vaciada de contenido cuando se utiliza para justificar que cada cual se salve solo.
Porque hay una diferencia fundamental entre la libertad de construir una vida propia y la libertad entendida como indiferencia frente a los demás.
Nos dicen que los impuestos son una carga. Pero pocas veces se pregunta quién construye los puertos por donde salen las exportaciones. Quién mantiene las carreteras que conectan al país. Quién financia los tribunales que garantizan los contratos. Quién sostiene las policías, las universidades, los hospitales y los sistemas que permiten que exista una economía moderna.
La respuesta es simple: todos.
Detrás de cada empresa exitosa existe una infraestructura colectiva. Detrás de cada emprendimiento que prospera existe una sociedad que hizo posible ese éxito. Detrás de cada fortuna hay carreteras, puertos, escuelas, instituciones y trabajadores formados gracias a esfuerzos compartidos durante generaciones.
Por eso resulta inquietante observar cómo algunos sectores vuelven una y otra vez sus ojos hacia los recursos públicos, no para fortalecer aquello que es común, sino para capturarlo en beneficio propio. Las reformas tributarias, las exenciones especiales o los privilegios regulatorios suelen presentarse como herramientas para impulsar el crecimiento. Pero muchas veces terminan pareciéndose más al cobro de favores que a una estrategia de desarrollo.
La pregunta de fondo no es económica. Es moral.
¿Qué clase de país queremos construir?
Uno donde cada persona compita contra todas las demás en una carrera interminable. O uno donde entendamos que el progreso individual depende también de la fortaleza de la comunidad que lo rodea.
Chile necesita crecer. Necesita inversión. Necesita productividad. Necesita crear riqueza. Negarlo sería absurdo.
Pero también necesita recordar algo que parece estar desapareciendo del debate público: el crecimiento es un medio, no un fin.
Un país no se mide únicamente por el tamaño de su economía. Se mide por la calidad de sus escuelas, por la confianza en sus instituciones, por la posibilidad de que un niño nacido en una familia vulnerable pueda desarrollar sus talentos, por la tranquilidad de una persona mayor que sabe que no será abandonada cuando más necesite ayuda.
Las sociedades más exitosas del mundo no son aquellas donde triunfa el más fuerte. Son aquellas donde existe suficiente cohesión para que el éxito de unos no dependa del abandono de otros.
Quizás el mayor riesgo del populismo contemporáneo no sea la izquierda ni la derecha. Quizás sea esta idea persistente de que la sociedad es apenas una suma de individuos aislados, cada uno luchando por lo suyo.
Porque cuando una comunidad deja de reconocerse como comunidad, la política se transforma en una disputa por botines. Los impuestos se convierten en castigos. Los derechos en privilegios. Y la libertad en una excusa para no mirar al que quedó atrás.
Tal vez ha llegado el momento de recuperar una verdad sencilla.
Nadie se salva solo. Y ningún país llega lejos cuando convierte el egoísmo en proyecto nacional.
